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miércoles, 15 de agosto de 2012

Como un cáncer


La enfermedad institucional más grave que sufre España es la extensa politización de las organizaciones públicas. Un ejército de individuos —que deben su cargo sobre todo al cultivo de relaciones personales y políticas— ha ido ocupando las capas superiores de las instituciones públicas. La diferencia clave entre España y los países desarrollados con administraciones más profesionalizadas (como Dinamarca, Suecia, Reino Unido, Nueva Zelanda, Canadá o Australia)— radica en el marco legislativo de su función pública. La mayoría de ministros de nuestro Gobierno —y de nuestra élite política en general— son funcionarios. A pesar de vivir tiempos de sacrificios, resulta difícil que quieran poner límites a las futuras carreras políticas de sus correligionarios en los grandes cuerpos de la Administración pública. 



El problema de España no es solo que los partidos políticos hayan colonizado la Administración pública sino más bien que nuestra política está colonizada por administradores públicos. La solución a este cáncer es extirpar los tumores malignos, y la mejor manera es desincentivar el salto a la política imponiendo límites a las actividades políticas de los funcionarios y costes para aquellos empleados públicos que quieren regresar a la carrera funcionarial después de su aventura política.  No es tan complicado, pero habría que dedicar un poco menos de tiempo al fútbol y la farándula, comprometerse con el país y elegir a gente responsable que cambie estas leyes obsoletas y mal diseñadas; lo que hay que hacer es partir de cero, con una nueva constitución, unas nuevas leyes y esa iniciativa sólo puede salir del pueblo, no de los políticos que ya se están beneficiando del statu quo.



jueves, 4 de noviembre de 2010

Lo bueno de las crisis

"En esta vida hay que morir varias veces para después renacer. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra" (Eugenio Trías).

Porque lo único que no cambia es el cambio, vivimos en permanente movimiento, nada es estático; o crecemos o decrecemos, justo en el momento en que biológicamente dejamos de crecer, empezamos a envejecer. Somos objeto de una dualidad inexorable, nos debatimos entre el caos y el orden, nos asusta la crisis porque la novedad, lo que nos aparta de la comodidad, es un espanto al que le tenemos un miedo extremo, sin darmos cuenta de que el control es sólo un espejismo, una falsa ilusión con la que algunos se quedan tranquilos.

Si todo estuviera ordenado y controlado no existiría la creatividad, ni el cambio, ni la curiosidad. Seríamos tan previsibles que el aburrimiento nos mataría. Las crisis nos dan esa oportunidad de encontrarnos con nuestros límites. Como dijera William Shakespeare: "Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos llegar a ser". 

Si nos limitáramos a existir nos ahorraríamos muchas dificultades, pero como muchos elegimos vivir, también estamos eligiendo las distintas realidades que nos pueden frustrar o alentar. ¿En dónde estará la morada del entusiasmo, de la alegría, de la ilusión? Si lográsemos colarnos en ella por unos instantes, tendríamos energía suficiente para vivir ese misterio que es la vida y olvidarnos de que es un problema que necesita solución. No nos resistamos a aceptar que esta vida lleva incorporado el cambio como premisa ineludible, pues cuanta más resistencia, más propensión a las crisis.