martes, 17 de mayo de 2016

El agridulce y fatal vicio de quejarse



“Ventilar la rabieta es…similar a echarse pedos emocionales en el ascensor, en un área cerrada”, dice graciosamente el psicólogo Jeffrey Lohr, que estudia el tema.
De hecho es todo lo contrario: la descarga de cortisol que se produce daña los órganos internos, sube la presión arterial, produce diabetes, obesidad, problemas cardíacos, colon irritable y todo el etcétera ya bien conocido del estrés. Como si fuera poco, gruñir y lamentarse crean hábito, la personalidad se agria hasta tornarse negativa y además el descontento se contagia.
Steven Parton es un escritor bien estudiado en temas cibernéticos, un curioso de las apasionantes neurociencias y un abanderado de utilizar el amor como herramienta. Lo menciono porque hallé su ensayo sobre los daños que quejarse le produce a la salud en el preciso instante en el que yo estaba buscando un remedio para mi eterna quejadera con todo lo que pasa en el país y con lo que sigue sucediendo en el planeta. Buscar un tema positivo para la columna es una hazaña. Iba corriendo el riesgo de pasar de rebelde descontento a viejo avinagrado, hasta que las admoniciones de este joven me hicieron recordar unos básicos vitales.
Decíamos que quejarse es malo para la salud y aseverábamos que se vuelve un vicio. He aquí la explicación: entre neurona y neurona hay una distancia que se llama hendidura neuronal. Para que una señal, una sinapsis, pase de una neurona a otra se requieren una chispa y una química. Si esas dos neuronas se disparan varias veces, digamos con un pensamiento negativo —¡que mierda de trancón! o ¡que horror de país!—, a la segunda vez que se disparen por la misma causa, la distancia entre las dos neuronas se acorta y se vuelve un camino habitual del pensamiento, pues al mielinizarse (un refuerzo químico) ese será el patrón que el cerebro preferirá de ahora en adelante y repetirá el pensamiento negativo. Más cortisol. Así que, como el bobo, entre más me lamento más me quejo.
Y, afirmábamos, la negatividad es contagiosa: andar con gente negativa también puede enfermarnos. A través del mecanismo de empatía se produce en nosotros la misma sinapsis que en el otro (en positivo, es la misma sensación de alegría colectiva en un mundial de fútbol o un concierto). De ahí que pasar una velada con quejumbrosos, malhablados, negativos y gruñones sea muy tóxico.
Así que hay que revertir el proceso cultivando la alegría y el contento. Es cuestión de hacer conciencia y pillarse a tiempo el pensamiento negativo y transformarlo. Observarlo, aceptarlo y transmutarlo. Frases que al principio parecerían intelectuales como la de San Pablo que aconseja “Estad siempre alegres” van impregnándose poco a poco en el cerebro con el ejercicio de cambiar de vibra (¿Le suena eso de ejercicios espirituales?). El yoga, por ejemplo, habla de las virtudes excelsas de Santosha —el estar satisfecho con lo que hay, aceptarlo, agradecerlo y vivir en el contento— y es una disciplina espiritual fructífera y sencilla. Desde luego minimizar la exposición a las noticias, buscar amigos positivos y cambiarse primero para cambiar el mundo son un buen principio. Como la mosca, podemos escoger entre la miel o el excremento Y al que me caiga el guante…

Publicado por Ignacio Zuleta en EL ESPECTADOR.

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