viernes, 29 de noviembre de 2013

Esclavos


Cualquier día entro en una de esas tiendas de electrodomésticos buscando unos altavoces para escuchar música en mi portátil y encuentro unos de 7 euros; doy una vuelta para curiosear y veo una sandwichera de 9 euros, una cafetera de 9, y toda una serie de artículos de precio ridículo.

¿Cómo es posible que estos artículos sean tan baratos? 

Al llegar a casa lo primero que hago es ponerme a buscar información acerca de la cadena de extracción, fabricación, distribución, consumo y deshecho de las cosas que consumimos.


Para que esos productos lleguen a nuestras manos a esos precios tan irrisorios, alguien ha tenido que pagar la diferencia: En primer lugar, el planeta, que se desgasta por la irresponsable codicia extractiva, en segundo lugar, los trabajadores, que en muchos rincones del globo confeccionan nuestra ropa o fabrican nuestros móviles en condiciones similares a la esclavitud. Las empresas llaman a esto, -cínicamente- deslocalización de empresas, externacionalización de costes; da igual el nombre, pero en la práctica no significa otra cosa que esclavitud moderna.


Desde que se consolidó la deslocalización de la producción a nivel planetario, en un proceso paralelo a la mejora de las condiciones de trabajo en Europa y Estados Unidos, las empresas multinacionales escudriñan los rincones del planeta donde las legislaciones laborales son más laxas y los salarios más bajos.

Desde hace tiempo ha sido China quien ha cumplido mejor ese papel, pero hoy, el aumento de los salarios y de las condiciones laborales en ese país, está llevando a las empresas multinacionales a mudar su producción a otros países con menores costes y que son, por lo tanto, más competitivos. Bangladesh es, quizá, el campeón actual en esa absurda pugna mundial por los salarios más bajos. Las proveedoras de grandes distribuidoras como Wal-Mart, Carrefour o Lidl pagan un salario medio de 33 euros mensuales por unas 60 horas de trabajo semanales, según datos de la ONG Ropa Limpia.

Y si estamos acostumbrados a lo que sucede en China y Bangladesh, recordemos que Foxconn sigue extrayendo coltán en la República Democrática del Congo, a pesar de las deplorables prácticas que se han certificado en la extracción de este raro metal.


Y es que tener un trabajo -en la mayor parte del mundo- no sólo no le sirve a nadie para salir de la pobreza, sino que además les roba su vida. Más de la tercera parte de la población mundial son trabajadores muy pobres, como los obreros de las llamadas sweatshops (talleres de trabajo esclavo), fábricas que, por sus bajos costes, ofrecen interesantes condiciones para que las multinacionales ubiquen allí su producción.

Para ilustrarlo, veamos el ejemplo del sandblasting, que es el procedimiento (barato) mediante el cual se destiñen los 5.000 millones de pantalones vaqueros que se hacen cada año principalmente en Bangladesh, India y norte de África, como manda la moda cada temporada. El trabajador debe aplicar sobre la prenda, con una especie de pistola, cristales de sílice muy tóxicos que le pueden producir silicosis, la enfermedad de los mineros, en un corto espacio de tiempo. Esto significa que -literalmente- la moda envenena.

El trabajo esclavo no es enfermedad, sino síntoma del sistema. Estas nuevas formas de esclavitud no son un resquicio de prácticas arcaicas que sobrevivieron a la introducción del capitalismo, sino un instrumento del sistema para favorecer la acumulación del capital en su interminable proceso de expansión.

La ONG Anti-Slavery International calcula que hay unos 27 millones de esclavos en la actualidad y que unos 246 millones de niños están sometidos a algún tipo de explotación laboral.

En los países pobres del mundo moderno, el trabajador es completamente descartable, es gratis, luego no hay una preocupación por mantenerlo. Existen enormes bolsas de miseria, hay un gran excedente de mano de obra. Así, nos encontramos casos de trabajadores grabados a hierro, como el ganado, o aislados sin agua, obligados a beber de un pozo infectado. Historias que ponen los vellos de punta.


Historias como las que se repiten en los cañaverales del Nordeste brasileño o del rico São Paulo, donde los cortadores de caña de azúcar llegan a cobrar 600 reales, un salario de miseria, si hacen agotadoras jornadas, pues les pagan según el peso recogido. Cortar caña está considerado como uno de los trabajos más duros que existen; algunos obreros toman crack o marihuana para afrontar sus jornadas.

A medio plazo, muchos sufren accidentes cerebrales, cáncer de piel o desequilibrio en los indicadores de orina. Poco importa que la productividad del sector se haya multiplicado por dos en un par de décadas; la mano de obra sigue abaratándose, con precios de saldo que desincentivan a la patronal a realizar una mecanización del sector anunciada desde los años 70.

Tampoco importa que, según un estudio realizado en 2011 en las maquilas mexicanas (talleres de textil), doblar el salario a los trabajadores de base supondría un incremento de 50 céntimos en los costes de producción de una camiseta vendida por 32 dólares, es decir, un 1,6% del precio final.

Marcas de lujo, que venden bolsos por miles de euros, optan por ahorrarse unos céntimos que le esquilman al trabajador en cada pieza. “No son casos aislados: así funciona la industria a nivel mundial”.


La mayor parte de las firmas han suscrito convenios internacionales y poseen su propio código de conducta para evitar los abusos laborales, pero en la práctica es difícil verificar si lo cumplen y, sobre todo, si lo siguen sus proveedores, que son los que producen la mayor parte de la mercancía.

En tales condiciones, la ausencia de un organismo internacional con capacidad sancionadora que controle el cumplimiento de los convenios ha dejado el control en el terreno de "la voluntariedad",o sea que, las empresas terminan autorregulándose voluntariamente; algo parecido a lo que hace el estado español y el porque de la corrupción y la ausencia de soluciones.

"Lo más útil para tratar de combatir estas lacras del mundo es hacer algún tipo de activismo para presionar a las empresas, antes que dejar de comprar una u otra marca". También hay otras alternativas, como las tiendas de segunda mano o el intercambio de objetos. El consumo debe ser entendido como un acto político; quizá el más eficaz en tiempos en que los poderes fácticos nos ven antes como consumidores que como ciudadanos.

Se trata, en suma, de ir más allá de la retórica del sagrado consumo. "Es el momento de reflexionar sobre si lo más bonito es usar lo que está de moda o nos paramos a pensar de dónde vienen los productos que consumimos". La crisis, económica y ecológica, es también una esperanza de nuevas creaciones colectivas. Es hora de mojarse. Vienen diciembre, reyes y...


7 comentarios:

amparo puig dijo...

Dios, cómo duele leer estas líneas. Ladrones de vidas a cambio de nada. Durísimo y real, de pesadilla. A las grandes multinacionales les importan un pito las personas y sus condiciones de trabajo. Por el tema de la crísis, que me afecta personalmente, hace tiempo que llevo ropa de segunda mano y no me produce ninguna vergüenza. Y es cierto, trabajando no se sale de la pobreza.

Emilio Manuel dijo...

Lo que no hay son estudios,de esos países que, habiendo sido líderes -o creyéndoselo- con salarios medio-altos, sus trabajadores retornan a la cruda realidad, que es compararse con los del segundo o tercer mundo. ¿Como pasarán a vivir de ganar 1000€ a 500 o menos?. Se pretende que exista en todos los paises una base laboral en semiesclavitud, así no será necesario que las mercancías se muevan a grandes distancias.

El capital, de momento está ganando por goleada, el único bastión a medio derruir eran los sindicatos y están a punto de destrozarlos.

Saludos.

Pd/ Tiempo sin aparecer.

Carlos Galeon dijo...

Por ese motivo es por lo que aquí se están bajando los sueldos para mantener empresas, y aprovechar la crisis para aumentar beneficios empresariales, pagar menos impuestos y menos mano de obra y mantener a la población en la indigencia y al país endeudado con la banca extranjera.
Hemos vuelto a ser un país tercermundista gracias a los neoliberales. Cada vez hay menos ricos pero mucho más ricos, más pobres y menos clase media.
El hombre más rico de España, tiene la mayor parte de su producción en países con mano de obra esclava, y ahora ha abierto una fábrica en España con sueldos mínimos y conforme a la Reforma Laboral, sin derechos.
¿Cómo podemos elegir si todos están haciendo lo mismo y nosotros no tenemos poder adquisitivo para más porque nos lo han quitado? El único consumismo responsable es el de hacer que nos dure al máximo lo que compramos y el no comprar lo que no sea necesario.
Eso es fácil para los somos mayores, pero para la juventud, que vive mucho de la imagen, es mucho más difícil.
Saludos y un abrazo.

Francesc Cornadó dijo...

A esta explotación laboral que practican las grandes multinacionales hay que añadir el fraude fiscal sistemático domiciliando sus sedes en los paraísos fiscales.
Los gobiernos son cómplices del fraude.
Salud
Francesc Cornadó

Pilar V dijo...

Si a tu estupendo análisis se sumas aspectos como la obsolescencia programada, ya tienes el circuito completo.

¿seremos capaces de salir de esta trampa para ratones?

Puede que no.

Lakacerola dijo...

No te preocupes, pronto ya empezaremos a fabricar todo lo que comentas en nuestro PakiEspañistán o en Chiniberia, ¿sabías que ya está empezando una incipiente industria del zapato en la zona de Alicante? ¿Adivinamos con qué salarios y condiciones? Pues eso.
Un abrazo.

Jo dijo...

aqui en mexico no hace mucho... que proliferan esa clase de tiendas
pero en realidad la costumbre de vender fierro viejo tostadores, monitores, tambores de fierro para camas, etc es una costumbre


y a veces en europa yo miraba que habia personas que tiraban muchas cosas en buen estado en la calle
y hasta te miraban feo si tu mirabas o osabas rescatar algo como podriosero jaja

... los tiempos a veces nos dan lecciones crudas y nos cobran cuentas

no se... a donde vamos a llegar en el planeta

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