viernes, 7 de febrero de 2014

Adoradores del poder

"Cada generación que llega es peor a las anteriores. Vendrá un tiempo en que serán tan malvadas que adorarán el poder; será lo único que tenga valor para ellas y ya no será reverenciado el bien. Finalmente, cuando ya nadie se indigne ante el mal, ni se avergüence en presencia de un miserable, Zeus los destruirá también. No obstante podría hacerse algo si la gente del común se alzara y debelara a los gobernantes que la oprimen."
Mito griego sobre la edad del hierro.


Erich Fromm comenta en su libro Anatomía de la destructividad humana que muchas guerras ocurren no por dolores reprimidos del pasado, sino por agresión instrumental de las élites políticas y militares. Y que, cuanto más primitiva es una civilización, menos guerras se encuentran en su pasivo.

Ahora es cuando vendrán muchos a decir que eso es una falacia total, que la paz en el mundo se debe al desarrollo y al avance de las civilizaciones, pero los datos precisos de la historia no dejan lugar a dudas; las agresiones entre los estados europeos siguen una trayectoria creciente a medida que se desarrollan económica y tecnológicamente: En el siglo XVI hubo 87 batallas; en el siglo XVII, 239; en el siglo XVIII, 781 batallas; en el XIX 651; pero por increible que parezca, sólo en la primera mitad del siglo XX la cifra es casi astronómica: 8928 batallas.

¿Será que el desarrollo tecnológico, si no es controlado por las ciencias humanas, en lugar de aplacar el fantasma del impulso agresivo del ser humano, lo fomenta?

¿Qué podemos esperar para nuestros hijos y nietos si en las próximas décadas llega la inevitable escasez de recursos energéticos, de agua y de alimentos?

Una cosa es segura: La educación que se ha venido impartiendo en nuestras sociedades desde el inicio de la revolución industrial contribuirá seguro a que la tendencia de la historia no cambie, ya que se está generando un tipo de vida en la que reinan la ansiedad, el consumismo y estamos inmersos en un estilo de vida que nos proporciona un bajísimo umbral de resistencia ante las frustraciones.

Demasiados autores coiciden en la misma tesis: El comportamiento agresivo del hombre, -manifestado en la guerra, el crimen, los choques personales y todo tipo de comportamientos destructivos-, se debe a un instinto innato, que busca válvulas de escape y espera la ocasión apropiada para manifestarse. Pero nos equivocamos al creer que ese instinto es semejante al de los animales, ya que la capacidad destructiva y la crueldad son exclusividad de la especie humana; se halla virtualmente ausente en la gran mayoría de los mamíferos, no está programada filogenéticamente y no es biológicamente adaptativa. Su finalidad es el placer, en los animales este concepto no existe.

En este punto me dirán unos cuantos: Pero Dean, no hay que ser tan trágicos, hemos sobrevivido durante todo este tiempo, aún no ha desaparecido la especie humana y es muy posible que sigamos tal cual durante mucho tiempo más. Pero yo digo que -además de interesante- es necesario cuestionarse acerca de la agresividad que nos caracteriza; sobre todo porque nunca antes había estado a nuestro alcance la capacidad de autodestruirnos de manera tan fácil como ahora lo está. 

Quizás sea tan sólo casualidad que el país más consumista del mundo tenga los ciudadanos más agresivos del orbe, que en su cultura la agresividad no sea mal vista, que esté implícita en su tan cacareado "sueño", que sus ciudadanos -en su gran mayoría- aprueben la guerra y la fuerza para obtener determinados fines, que en sus instituciones más disciplinadas incluyan los castigos físicos. Quizás maltratar animales no tenga ninguna relación con el maltrato de personas. Quizás  Johan Galtung y su triángulo de la violencia sean tan sólo una mentira más de tantas que los medios nos dicen cada día. Pero yo creo que la violencia es como un iceberg, y sólo vemos la violencia directa, mientras que la violencia estructural (que se centra en el conjunto de estructuras que no permiten la satisfacción de las necesidades y se concreta, precisamente, en la negación de las necesidades); y la violencia cultural, (que crea un marco legitimador de la violencia y se concreta en actitudes), pasan desapercibidas y son las que realmente pueden llevar a la humanidad a un nuevo caos.






6 comentarios:

Emilio Manuel dijo...

Tu entrada de hoy me ha recordado una frase de "El Padrino" de Coppola que más o menos decía así "de vez en cuando la mala sangre hay que lavarla", de hay que las distintos grupos mafiosos se liquidaran los unos a los otros; esto podemos trasladarlo a donde queramos, peleas entre familia, o guerras mundiales.

Saludos

Emilio Manuel dijo...

jolín con el hay, es ahí que..

Jo dijo...

que miedo....

parece que se cumple el edicto y nosotros aunque creemos menos en presagios
los estamos viendo cumplidos....


RGAlmazán dijo...

Es verdad que se ha conseguido aumentar la esperanza de vida, que no es poco, --no tanto en los países del Tercer Mundo--, sin embargo ya no se trata de vivir más, sino de vivir mejor. La tendencia de nuestra calidad de vida nos lleva al desastre, al fin de una era.

Salud y República

Cheli dijo...

Estoy de acuerdo.
Miramos mucho y nos golpemos el pecho por las guerras, y no vemos la violencia en todos los ambitos, o estamos tan acostumbrados a ella que no nos llama la atencion. Que triste lo mal que utilizamos nuestra supuesta "inteligencia"....

jordim dijo...

Erich Fromm sabía lo que decía.

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